Una vida propia. Antonio Samo

La Academia neoclásica otorgaba mayor importancia a la pintura histórica, seguida por el retrato, el paisaje y la naturaleza muerta en último término. Courbet ya enunció, en su Pavillon du Réalisme, el fin de estas jerarquías entre los géneros artísticos. En su obra monumental El taller del pintor, alegoría real, determinante de una fase de siete años de mi vida artística (y moral), Courbet presenta una diversísima cantidad de tipos humanos, objetos, reproducciones de sus propias pinturas dentro de su estudio, animales… todo ello a modo de compendio de lo que a él, en tanto que artista, le ha hecho reflexionar y ha percibido como valioso. Él aparece representado en el centro de su pintura mientras pinta un paisaje; un niño desposeído y una mujer desnuda le observan en esta tarea; un gato juega, mientras a un lado y a otro de su pintura desfilan filósofos, escritores, mendigos o mecenas rodeados de objetos: un laúd, una daga, libros, una calavera y un sombrero. La pintura recrea su propio estudio, por lo que vemos colgados de las paredes una serie de paisajes pintados por él mismo en los últimos años. Esto es el enunciado del nuevo movimiento artístico que surgió a mediados del s. XIX: el Realismo.

En la actual exposición de Antonio Samo en Set Espai d´Art podemos encontrar también una serie de objetos, paisajes y personas que han rodeado al artista en su estudio en los últimos años. Pero estas realidades, limpias, comunes, populares y cotidianas, son nuestros mismos objetos, paisajes y personas producidos en serie, estandarizados y perfectos, que atraviesan la pantalla de nuestros móviles a toda velocidad, sin jerarquías y sin elección previa.

Preparando la exposición, al visitar su estudio en una nave industrial en Alboraya, esos objetos aguardaban a que los descubriéramos quitando el plástico que los protegía del polvo. Antonio organizó los grupos escultóricos de una de las cientos de variables que había estado ensayando en las últimas semanas. Juntos empezamos a recomponer los grupos, asociaciones de objetos y figuras que nos remitían a los ideales de salud, belleza, cultura o bienestar.

¿Qué es lo que hace que los hogares de hoy sean tan diferentes, tan atractivos? Richard Hamilton se lo preguntaba en 1956, cien años después de la presentación pública del Pavillon du réalisme, y como respuesta nos ofrecía una serie de objetos y cuerpos de consumo, imágenes del deseo de una creciente clase media que salía de los duros años de la posguerra mundial. Samo nos muestra su propia colección de objetos deseables: zapatillas de deporte, cremas, prendas de vestir, una gorra, plantas decorativas y personas, todo ello extraído del desfile diario que atraviesa nuestras pantallas a través de aplicaciones que nos acercan a estos mundos irreales.

Los objetos y figuras que tenemos frente a nosotros son idealizaciones puras de los productos que consumimos a diario y que representan un estilo de vida sano, satisfactorio y completo, una imagen de la felicidad. Estos grupos escultóricos, acompañados de fotografías que hacen de telón de fondo, son las escenografías de nuestras vidas. Este atrezzo nos acompaña en una suerte de teatro barroco, repleto de símbolos y referencias a nuestras vidas. Como vanitas contemporáneos, las esculturas de Antonio Samo nos recuerdan que esas cremas para el cuidado de la piel no harán que dejemos de envejecer, esa planta tan bonita se marchitará algún día, los calcetines doblados, suaves y limpios acabarán agujereándose y en algún momento perderemos nuestra gorra favorita. Solo en estos objetos ideales colocados en la galería permanece la ilusión de eternidad, con los fondos fotográficos que enmarcan esa irrealidad.

A través de los ojos del artista vemos la tramoya y los mecanismos de nuestro teatro de objetos e imágenes que nos mantiene aturdidos en la apariencia continua de nuestro Show de Truman particular. Ver la materialidad de la madera que da forma a sus esculturas nos despierta del sueño. La veta lijada y pulida, los colores planos aplicados en delgadísimas capas de pintura, las formas simplísimas de estas piezas nos explican, a través de la exageración minimalista, cómo operan las imágenes blancas, brillantes, limpísimas, que atraviesan nuestro perfil de Instagram.

El Neoclasicismo buscaba representar las formas ideales de la Antigüedad, recreando la pureza de sus líneas y lo perfecto de sus composiciones. Esa cultura clásica redescubierta en Herculano sirvió para que todo un siglo dedicase sus esfuerzos creativos a la búsqueda de la perfección a través del idealismo ilustrado. En el caso de nuestros artistas contemporáneos, la inspiración para recrear ese ideal se encuentra mucho más cerca de nosotros, concretamente en las pantallas de nuestros teléfonos móviles, y sus creaciones están impregnadas de un sentido crítico que, como observamos en la obra de Antonio Samo, nos lleva a través de la ironía a reflexionar sobre lo perverso de perseguir estos ideales de vida por medio del consumo. Esos objetos producidos en serie se nos aparecen aquí representados en madera, tallados uno a uno, cuidadosamente lijados y, en ocasiones, parcialmente pintados en tonos pastel y agradables. Este trabajo artesanal y minucioso llevado a cabo por Samo en su estudio durante horas, semanas y meses contrasta con la producción en masa y el consumo inmediato de esos mismos objetos representados. Samo, a modo de ritual, recrea estas formas y estos cuerpos, como kuroi contemporáneos. Recordemos que estas estatuas de la Grecia arcaica estaban realizadas originalmente en madera, aunque lo que actualmente conocemos son sus réplicas romanas en piedra. Sus formas, tendientes a la geometría, inexpresivas, hieráticas, nos muestran, como en la obra de Antonio Samo, jóvenes ideales. En su obra, esas superficies suaves y lijadas hasta la extenuación inciden en la placidez del sueño, muy lejos del brutalismo de la escultura de Balkenhol, que aunque también hierática e inexpresiva, está dotada de cierta violencia. En Samo esta violencia se encuentra sugerida, oculta tras la normatividad y estandarización a la que se somete a estos personajes.

Las fotografías que completan algunos de los grupos escultóricos son parte del conjunto. A veces se muestran como telón de fondo, y otras, como fotografía souvenir. En su diversidad de tamaños y modos de instalación juegan con las esculturas en madera, dialogando con ellas y abriendo sus significados. El pintoresquismo era una categoría estética propia del siglo XVIII que reivindicaba aquellos paisajes dignos de ser pintados. En esas pinturas románticas se podían encontrar desde pequeños personajes rodeados de una naturaleza imponente hasta detalles y elementos anecdóticos que completaban la escena o la dotaban de una narración sugerida. En las fotografías que abrazan y rodean las figuras de Antonio Samo percibimos también algo similar: un acercamiento a lo más cotidiano y anecdótico tamizado por el filtro de un romanticismo ideal que fija su atención en montañas, flores y arquitecturas de escala monumental.

La obra de Samo es, por tanto, un compendio de objetos e imágenes de consumo rápido que, al ser recreados como piezas de arte, se nos presentan con un aura de quietud y belleza que generan una aparente satisfacción. Pero en este acto de producción hay una sutil ironía: se trata de copias manuales e imperfectas que generan la decepción de su inutilidad. Una gorra que no podemos ponernos en la cabeza, una camiseta que no podemos desplegar o una botella de agua que no se abre ni contiene líquido alguno frustran nuestra actitud como consumidores de bienes. Y es precisamente en ese instante cuando nos damos cuenta del detalle: estamos frente a una obra de arte.

Daniel Silvo. Comisario de la exposición

Comisario: Daniel Silvo. Del 11 de junio al 31 de julio de 2021



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